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Pero ¿está o no muerta la web?

Estamos teniendo un mes de agosto muy activo desde el punto de vista tecnológico. Para empezar, el acuerdo entre Google y Verizon ha reavivado el debate sobre la neutralidad de las redes, supuestamente intocable para algunos y negativa para otros, hasta el punto que Google ha tenido que dar explicaciones.

Luego, varios gobiernos asiáticos han amenazado a Research In Motion con prohibir sus servicios BlackBerry a menos que se les facilite una puerta trasera de acceso al tráfico cifrado de correo electrónico y mensajería. La firma canadiense, claro, ha acabado cediendo, temerosa de quedar fuera de la India, el segundo mayor mercado mundial de móviles. Pero si yo fuera RIM, presumiría y les pondría una pegatina de ‘Prohibido en Dubai por demasiado seguro’ a todos mis teléfonos. Tal vez de ese modo animaría las ventas del nuevo modelo BlackBerry Torch, que no están siendo nada del otro jueves.

La guinda del mes, por ahora, la han puesto Chris Anderson y Michael Wolff en el número de agosto de Wired, declarando la muerte de la web tal como la conocemos. El artículo aduce, correctamente, que un porcentaje cada vez mayor del consumo de Internet ya no se realiza a través del navegador web, sino mediante aplicaciones específicas, como los reproductores de vídeo y los programas para dispositivos móviles, que descargan los datos a través de interfases propios y los presentan a su modo en el equipo utilizado, ya sea un móvil, una tableta o un televisor conectado. Para ello se basa en los datos aportados por Cisco, el principal fabricante de enrutadores -las centralitas de la red, elemento esencial de Internet: se estima que cada paquete de datos atraviesa una media de 18 enrutadores antes de llegar a su destino.

Las cifras, aparentemente, cantan: el gráfico de la izquierda muestra la evolución relativa del tráfico total de Internet en los EE.UU. durante las dos pasadas décadas, y en él se observa que la web, tras alcanzar un pico alrededor del año 2000, ha ido perdiendo importancia hasta situarse actualmente en el 23% del total, mientras que el vídeo, surgido en 1995, constituye ahora ya más de la mitad, el 51%, del tráfico.

Sin emnargo, no todo el mundo ha aceptado el certificado de defunción de la web así extendido por Wired. Por ejemplo en Boing Boing opinan que representar gráficamente los diferentes usos de Internet en modo relativo, como el primer gráfico, es confundir a los lectores, pues no refleja el aumento del tráfico en términos absolutos. Por ello, proponen un segundo gráfico, el de la derecha, donde el eje vertical muestra el tráfico real, y en el que se aprecia que el volumen de la web también sigue creciendo: entre 1995 y 2006 se multiplicó por 100.000, pasando de 10 terabytes a un exabyte (un millón de terabytes) por mes.

¿Todos contentos? Pues no

Tanto Wired como Boing Boing cometen al menos tres errores al sacar sus conclusiones. El primero, caer en el característico yanquicentrismo de la prensa tecnológica norteamericana, que ignora lo que ocurre en el resto del mundo y que ya he lamentado aquí en diversas ocasiones. Fijarse sólo en lo que ocurre en los EEUU en materia de consumo de información es distorsionar la realidad. Por ejemplo, aunque no sea estrictamente Internet, cabe recordar que en muchos lugares del mundo el principal medio para la recepción y el envío de información son los mensajes de texto, los modestos SMS, que precisamente por su ínfimo consumo de datos ni siquiera aparecerían en esta ‘foto’.

El segundo error es ignorar que buena parte del consumo de vídeo se realiza, precisamente, a través de páginas web. YouTube se ha popularizado gracias a la posibilidad de incrustar sus vídeos en millones de blogs y ediciones digitales.

El tercer error, y el más grave, no es la escala utilizada para representar los datos, sino la magnitud elegida para ello. Fijarse en el volumen de tráfico puede ser significativo para Cisco, cuyo negocio está en transportar cuantos más bits mejor, y para las operadoras de telecomunicaciones, que precisamente tratan de no quedar reducidas a meros conductos de datos (véase si no el debate sobre neutralidad), pero no tiene sentido tomarlo como indicador del consumo de información: comparar los 100 MB de cada vídeo de gatitos que hay en YouTube con los, pongamos, 100 KB que puede ‘pesar’ el mismo artículo de Wired leído en un teléfono móvil es como comparar un huevo y una castaña. Las métricas deberían ser otras: usuarios únicos, páginas vistas, visionados… De lo contrario, se está condenando a la web del mismo modo que algunos pretenden dar por muerta la literatura coincidiendo con la sustitución de los libros de papel por los electrónicos.

Publicado originalmente en el blog ‘El mundo en bits’ de elEconomista.es

Albert Cuesta

Periodista, analista, traductor i conferenciant especialitzat en electrònica de consum i tecnologies de la informació. És l’editor d’aquest blog, de l’edició en espanyol del butlletí Mobile World Live de la GSMA i del blog de l'Observatorio Nacional de la 5G. També col·labora al diari Ara, Catalunya Ràdio i TV3. ---------------- Periodista, analista, traductor y conferenciante especializado en electrónica de consumo y tecnologías de la información. Es el editor de este blog, de la edición en español del boletín Mobile World Live de la GSMA y del blog del Observatorio Nacional de la 5G. También colabora en el diario Ara, Catalunya Ràdio y TV3.

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