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Redes sociales y algoritmos: ¿dilema? ¿Qué dilema?

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La televisión, aunque sea en streaming, sigue teniendo un poder extraordinario. Hace unas semanas que lo estoy comprobando personalmente. Después de años advirtiendo -mirad la hemeroteca del Diari Ara  -sobre las prácticas tóxicas en el terreno personal y colectivo de algunas empresas digitales, varias personas que me habían dicho exagerado me escriben ahora escandalizadas por lo que han visto en un docudrama de Netflix, pidiéndome instrucciones para darse de baja de las redes sociales y recomendaciones sobre servicios alternativos.


Una imagen del documental El dilema de las redes sociales / NETFLIX

El documental dramatizado en cuestión es El dilema de las redes sociales, de Jeff Orlowski, y pone en evidencia el grado de manipulación y explotación comercial de los ciudadanos conectados por parte de las plataformas de redes sociales. No explica nada nuevo a quien haya leído los libros de algunos de los testigos que aparecen: el tocho académico sobre capitalismo de vigilancia de Shoshana Zuboff; el explícito 10 motivos para borrar inmediatamente tus redes sociales de Jaron Lanier; las Armas de destrucción matemática de Cathy O’Neil, y el Zucked de Roger McNamee, el único no traducido al castellano (ninguno de ellos lo está al catalán). Los dos últimos tienen cierto tono expiatorio. Mientras O’Neil creaba algoritmos para especuladores financieros, McNamee fue uno de los primeros inversores de Facebook; después de ver la luz, ahora ambos quieren hacerse perdonar poniendo al descubierto las interioridades de las plataformas. En este sentido recomiendo completar la biblioteca de los horrores con Chaos Monkeys de Antonio García Martínez, uno de los responsables originales de la apisonadora publicitaria de Facebook; la completa ausencia de arrepentimiento lo hace aún más impactante.

A pesar de la redundancia, Orlowski aporta valor representando visualmente con diferentes caracterizaciones de un mismo actor (Vincent Kartheiser, el Pete Campbell de Mad men) la colaboración entre tres algoritmos personalizados para cada uno de los miles de millones de usuarios de una red genérica, que podría ser tanto Facebook como YouTube: el de publicidad para captar su atención, el de crecimiento para retenerlo y el de monetización para mostrarle el anuncio más rentable en cada momento. En el mismo entorno ficticio, pero más sutilmente, también acierta mostrando como el perfil del usuario-víctima de la manipulación se define cada vez más, pasando del esquema inicial básico a una réplica digital exacta de la persona gracias a la acumulación explícita e implícita de datos sobre ella. El metraje también contiene un goteo de evidencias científicas y estadísticas sobre los daños psicológicos y físicos, personales y sociales, que el uso de estas plataformas digitales conlleva.

Marchar o quedarse? No es tan sencillo

Ante esto, es natural que muchos ciudadanos se planteen el dilema del título: continuar en las redes sociales como hasta ahora o marcharse del todo. Pero no es tan sencillo. Por un lado hay quien defiende que las autoridades estatales podrán regular el comportamiento de las empresas obligándolas a respetar más la identidad y la intimidad de las personas. Ojalá tengan más suerte que tratando de hacerlas cumplir las obligaciones fiscales. Pero, además, cuando Facebook amenaza con abandonar Europa si los organismos continentales la fuerzan a someterse al reglamento de protección de datos, millones de usuarios de la gran red y sus satélites Instagram y WhatsApp se consideran abocados a un supuesto vacío . También añade leña al fuego la industria nacida alrededor, desde las agencias de marketing digital hasta los individuos autodenominados influencers. A este mundo no le conviene que reduzcamos nuestra presencia en las redes porqué les caería la audiencia y con ello el negocio. Y tanto Google como Facebook, las dos grandes plataformas de publicidad digital, se han hecho casi imprescindibles para muchos pequeños negocios, precisamente los más castigados por la crisis sanitaria.

En el otro extremo ya no hay nadie suficientemente radical para defender un apagón general de este tipo de servicios, porque prácticamente todo el mundo reconoce que su desaparición a estas alturas conllevaría inconvenientes notables. Pero sí hay quien propone un uso más racional de las plataformas digitales, aplicando mecanismos de bloqueo del rastreo que ya hemos explicado ampliamente (evitar las aplicaciones móviles en favor del navegador web, elegir uno con funciones de privacidad, desactivar reproducciones automáticas y notificaciones, usar buscadores anónimos). También es cierto que no se deben poner todas las plataformas en el mismo saco. Google sabe más de cada uno de nosotros que Facebook y explota comercialmente toda esta información, pero a cambio ofrece servicios con valor tangible (correo electrónico, ofimática, mapas) y no se le conocen pérdidas de datos, mientras que el conglomerado de Mark Zuckerberg consta únicamente de aplicaciones perfectamente prescindibles y ya hemos perdido la cuenta de sus manipulaciones, contribuciones a la desinformación pública e incidentes de filtraciones malintencionadas de datos personales.

Afortunadamente los usuarios tenemos el poder en nuestras manos. Irse de Facebook -y esto incluye necesariamente hacerlo también de Instagram y de WhatsApp; son una misma plataforma y no sirve de nada darse de baja sólo de uno de los servicios- no debe ser ningún drama. Para dirigirse a los clientes potenciales mediante Facebook no es necesario tener ningún perfil: puede encomendar las promociones de su negocio a una agencia externa. Instagram es muy pobre como red social y estructuralmente pésima como álbum de fotos; en Flickr lucen mucho más. Y hay decenas de alternativas a WhatsApp menos intrusivas: yo borré mi cuenta hace más de un año, pero se me puede contactar por Signal, Telegram, Skype, Hangouts, correo electrónico, SMS y teléfono. Si alguien no está dispuesto a usar ninguna de estas aplicaciones para comunicarse conmigo, tal vez seré yo quien no tendré interés en mantener el contacto.

Y la supuesta reticencia de los usuarios a cambiar de aplicación tampoco es excusa. Las preferencias de la gente son tan volátiles que en los últimos meses se ha disparado el uso del antes desconocido Zoom para hacer videollamadas que ya se podían hacer perfectamente con el veterano Skype, mientras que TikTok ha barrido cualquier otro apliservicio de vídeos breves, con su carga oculta de rastreo del usuario. En la balanza entre valor aportado y pérdida de intimidad, cada uno sabe qué pone.

Publicado en el Diari Ara
20201109

Albert Cuesta

Periodista, analista, traductor i conferenciant especialitzat en electrònica de consum i tecnologies de la informació. És l’editor d’aquest blog, de l’edició en espanyol del butlletí Mobile World Live de la GSMA i del blog de l'Observatorio Nacional de la 5G. També col·labora al diari Ara, Catalunya Ràdio i TV3. ---------------- Periodista, analista, traductor y conferenciante especializado en electrónica de consumo y tecnologías de la información. Es el editor de este blog, de la edición en español del boletín Mobile World Live de la GSMA y del blog del Observatorio Nacional de la 5G. También colabora en el diario Ara, Catalunya Ràdio y TV3.

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