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La gama alta va de baja

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Hace relativamente poco que, a la hora de comprar un ordenador o un móvil, uno tenía la sensación de que pronto quedaría obsoleto y tardaría poco en comprar otro de más potente y con más prestaciones. Se podría optar por adquirir el dispositivo más caro del catálogo, a un precio excesivo o por encima del presupuesto inicial, pero tampoco evitaba que relativamente pronto tuviera que quedar arrinconado y sustituido por otro más actual.

Ahora está pasando lo contrario. Se pueden encontrar a precio razonable diferentes opciones del producto tecnológico que cubren perfectamente nuestras necesidades. Son de la gama considerada media o incluso de gama baja. Tienen, como los modelos más caros, un diseño cuidadoso, hecho con componentes fiables y robustos, pensados ​​para durar. Ni siquiera es necesario que sean de marca blanca; pueden ser incluso de primeras marcas. Su precio puede ser asequible, para que se fabrican muchas unidades con componentes estándares. Duran, además, muchos años.

Esto es debido a la evolución y el uso de las tecnologías de la información durante los últimos años. Un cambio importante es que los equipos se pueden actualizar permanentemente y se pueden descargar e instalar aplicaciones que alargan la vida útil del dispositivo. Otro es la compatibilidad entre diferentes dispositivos, gracias a la proliferación de sistemas abiertos. Pero el motivo principal es el uso de los servicios de internet que hacemos actualmente con los ordenadores portátiles o de sobremesa, tabletas y smartphones: depende además de tener buena conexión y del tamaño y la calidad de la pantalla que de la potencia estricta del aparato.

Por si fuera poco, las aplicaciones y la capacidad de almacenamiento que tenemos al alcance en la nube por un precio razonable hacen que el equipo no tenga que ser necesariamente muy potente. Incluso podemos llevar en el bolsillo un dispositivo pequeño que sirve para todo mientras estamos fuera y conectarlo a una pantalla más grande en casa o en la oficina. Cada vez será menos necesario que este aparato sea muy sofisticado o tenga muchas prestaciones, ya que buena parte del procesamiento de la información no lo hará él, sino que tendrá lugar a distancia, en un servidor situado en la nube por parte del servicio que tengamos contratado. Pensamos en los servicios de videojuegos que reseñábamos la semana pasada, pero también en las aplicaciones de ofimática en régimen de suscripción.

Aplicaciones en remoto

El hecho de que muchas aplicaciones se puedan ejecutar de forma remota, y no localmente en el mismo dispositivo como hasta ahora, tiene más implicaciones de lo que podría parecer. Un ejemplo son los televisores. Hasta hace poco se aspiraba a smart TV, receptores supuestamente inteligentes que integraban una serie de aplicaciones sin las que no se podía acceder al contenido, a menudo de pago.

Ahora, los televisores son completamente abiertos. Aparte de la tradicional entrada de antena terrestre y de múltiples conexiones, sean HDMI, tarjetas u ópticas, lo que los hace realmente inteligentes y aptos para todo es la conexión a internet, por cable de red o wifi. Basta conectarlos a la señal de banda ancha y a algún decodificador de TV a la carta o a un adaptador de tipo Chromecast o FireTV, más o menos sofisticado según la capacidad de procesamiento local de información que se quiera.

El contenido del ordenador se puede ver en el televisor sin ningún hardware intermediario específico. Tampoco hay que tener a mano los CD o los DVD; los comprados previamente en soporte físico se pueden volcar en el disco duro del ordenador o en un reproductor multimedia para visionar en el televisor o en el móvil. El contenido más reciente, sean películas o música, se baja de internet o se mira y escucha en streaming.

Esto hace que el televisor haya pasado a ser un monitor con entradas para varios tipos de señales, procedentes de diferentes reproductores. El hogar inteligente que tanto se había soñado ha llegado sin darse cuenta de ello. La entrada de la banda ancha, con hilos o sin, la ha hecho posible. En cada lugar donde se consuma contenido audiovisual se necesita una pantalla más o menos grande, unos altavoces o unos auriculares y un mando a distancia o un teclado para introducir información. Pero no es necesario que tengan grandes prestaciones porque básicamente distribuyen contenido.

Con los smartphones pasa algo parecido. Sus prestaciones no dependen de la capacidad de procesamiento de información local, porque se hace mayoritariamente en la nube, a través de la red de telefonía. Es necesario que la cámara tenga buenos objetivos y buenos captadores de imagen, pero el procesamiento de las imágenes capturadas puede ser remoto. Los smartphones han hecho que ya no se vendan cámaras digitales, reproductores de música portátiles ni, apenas, relojes de pulsera. Sí, los relojes inteligentes viven un periodo de gran visibilidad. Pero es dudoso que lleguen a tener una adopción tan masiva como los teléfonos con los que conviven, para que las funciones adicionales que aportan no justifican tener que estar pendiente de la escasa autonomía de la batería.

De hecho, no sería raro que los dispositivos de información centrales, como el portátil o el smartphone, pasaran a venderse como los relojes: no por su funcionalidad – un Swatch mujer exactamente la misma hora que un Patek Philippe- sino por el aspecto externo, como signo de distinción. Y que su precio responda a esta circunstancia y no tanto a sus prestaciones. Apple lo entendió así hace años.

Cambio climático, cambio de cultura

Un aspecto de los dispositivos electrónicos que no se ha tenido demasiado en cuenta hasta ahora es su huella ecológica. Se ha procurado que consuman poca energía para hacerlos más portátiles y que no se calienten en exceso, pero no se ha evitado el derroche de recursos escasos que conlleva su fabricación, por no hablar de la sofisticada cadena logística de distribución planetaria.

Es previsible que, debido a la progresiva concienciación sobre el cambio climático, se tienda a alargar la vida útil de los dispositivos. De alguna manera ya se está haciendo con el procesamiento en la nube de la red, que hace menos necesarios los dispositivos de gran potencia. Pero es necesario, a pesar de los fabricantes que pretenden inundar el mercado de nuevos dispositivos, avanzar en la reutilización de los que ya tenemos, sea facilitando la reparación o favoreciendo el reciclaje de sus componentes. El Parlamento Europeo ha impulsado recientemente la adopción de medidas en este sentido. El caso de la marca holandesa Fairphone de teléfonos modulares, que el mismo usuario puede reparar, podría dejar de ser excepcional.

La verdadera revolución no deberían ser más gigahercios, gigabytes ni megapíxeles, sino aparatos continuamente adaptables a las nuevas necesidades, sin tener que tirarlos. Claro que para ello será necesario que los creadores de sistemas operativos y aplicaciones se ajusten al rendimiento de los dispositivos que los usuarios ya tienen.

Albert Cuesta

Periodista, analista, traductor i conferenciant especialitzat en electrònica de consum i tecnologies de la informació. És l’editor d’aquest blog, de l’edició en espanyol del butlletí Mobile World Live de la GSMA i del blog de l'Observatorio Nacional de la 5G. També col·labora al diari Ara, Catalunya Ràdio i TV3. ---------------- Periodista, analista, traductor y conferenciante especializado en electrónica de consumo y tecnologías de la información. Es el editor de este blog, de la edición en español del boletín Mobile World Live de la GSMA y del blog del Observatorio Nacional de la 5G. También colabora en el diario Ara, Catalunya Ràdio y TV3.